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Cuernos y follamigos

Me dijiste que no podías salir conmigo, que estabas liada con otro chico en plan follamigos. Sólo sexo, me dijiste, pero no voy a dejarlo. No quiero dejarlo. Está buenísimo, me folla de maravilla y me hace gozar como nadie lo ha hecho ni lo hará jamás. Si quieres salir conmigo, ya sabes lo que hay. Tienes que aceptarlo.

Tú siempre serás el segundo. No supe que decirte. Estaba enamorado de ti desde hacía años, desde que salíamos juntos en la pandilla y tú le hacías caso a todos menos a mí. No es que yo fuera poco atractivo, todo lo contrario, sino que yo te prestaba mucha atención, te regalaba flores y bombones, te acompañaba siempre a casa y te solía decir que me gustabas mucho. Pero tú te encogías de hombros y me decías que yo era un buen amigo y que quien te gustaba de verdad era Luis, o Carlos, o Juan, que precisamente eran unos tíos cachas que no te solían hacer mucho caso. A ti te iban los tíos duros, no los sentimentales como yo que incluso te dejaban poesías por debajo de la puerta. Y no supe que decirte cuando me comentaste lo del follamigos con ese chico.

Hacía ya muchos años desde aquellos tiempos de la pandilla, pero yo no había dejado de quererte. Había rechazado salir con otras chicas (a las que les gustaba), porque tenía la esperanza de que algún día regresarías a mí. Y tras varios noviazgos que sé que tuviste, todos ellos fracasados, un día me atreví a confesarte mis sentimientos. Fue cuando me dijiste que ya sabías que yo estaba loco por ti desde el instituto, pero que estabas liada con un tío muy bueno que te follaba y te volvía loca en la cama.

- Sólo es follamigos, ya sabes, porque él no quiere compromisos. Pero yo no puedo dejar de buscarlo por los sitios a los que va o de esperar a que me llame, aunque no lo haga, Me tiene loca, hace conmigo lo que quiere y a veces está mucho tiempo sin llamarme y sé que va con otras. Pero cuando por fin me llama, cuando suena el teléfono e intuyo que es él, me mojo el coño sin haber siquiera hablado. Sólo con la posibilidad de escuchar su voz. Y entonces corro a su brazos, a su cama, para que me folle como una puta. Me vuelve loca. No lo puedo evitar. Sólo es follamigos y nunca llegará a nada serio, pero no puedo pasar sin que él me folle. Lo siento. Sólo verlo me moja el coño y hace conmigo lo que quiere. Me folla de todas las formas posibles, la boca, el coño, el culo, las tetas y no me folla las orejas porque no puede, pero yo lo animo a ello. Eso es lo que hay. Es mi macho, mi hombre; el dueño absoluto de mi coño. Cuando me llama acudo a él como una perra en celo sea la hora que sea y esté donde esté. Y en cuanto lo veo me bajo las bragas y me pongo a cuatro patas para ofrecerle mi coño y que me lo folle sin piedad. Se lo suplico. Así, a cuatro patas, le suplico que me folle el coño como una perra. Es lo que hay. Si aceptas ya sabes lo que te espera, me dijiste para dejármelo muy claro.

Yo también lo sentía, y mucho, porque me dolía tu sinceridad, tu franqueza, pero a la vez sentía una extraña sensación mezcla de dolor y de un perverso placer al sentirme excluido por ti, pero dominado y pese a todo admitido (con condiciones). Era una mezcla extraña de sensaciones: de dolor y de placer, de dolorosos celos y de un excitante y morboso placer. Te dije que lo pensaría. Pero no lo pensé mucho. Te volví a escribir, me puse a escribirte un correo electrónico, pero esta vez fui sincero.

Te quiero y no lo puedo evitar.
No puedo evitar que me domines, aún sin quererlo,
y ser así tu sumiso aunque me duela.
Porque lo soy, y porque no lo puedo evitar.

Me puedes, me dominas, haces conmigo lo que quieres.
Y soy feliz. Muy feliz.
Sé que follas con otros y te sigo amando.
Y cuanto más me dominas más te amo.

No lo puedo evitar, no lo puedes evitar porque es así,
siempre ha sido así y siempre lo será.
Lo sabes.

Me excita tu dureza, me gusta que me gobiernes,
adoro hacer tu santa voluntad,
y someterme a tus caprichos porque me vuelve loco el poder que tienes sobre mí.

Y porque cuanto más caprichosa eres más te amo.
Y porque cuanto más dura eres más te quiero.
Y porque cuanto más cornudo me hagas más te amaré.

No puedo evitarlo, jamás he podido,
y ya no lucho, ya no me alejo, ya no huyo:
Ahora me entrego, me rindo y me dispongo a disfrutar lo poco que quieras darme.
Y aquí me tienes para lo que quieras,
 para tu exclusivo placer,
para ser el juguete de tus caprichos.

Porque te quiero, te adoro,
soy feliz
y me conformo con besar el suelo que pisas.

Al día siguiente me llamaste y me invitaste a ir a tu casa. Y cuando entré te vi repantigada en el sofá, vestida con una lencería muy coqueta.
- Ya sabes qué hacer. Me lo dices en tu correo.

Y me acerqué, me arrodille, levanté tus zapatos de alto tacón y besé el suelo que pisabas. Y luego te levantaste, me pusiste una correa en el cuelo, dejaste unas bragas sobre el sofá y me diste un beso en las mejillas. Y te fuiste a tu cuarto y me indicaste qué tenía que hacer:
- En mi cama está mi amante, mi macho, mi hombre. Puedes irte o quedarte a mirar como follo con él y cómo me folla, tú decides. Eres libre.

Y me desnudé, me puse tus bragas y   fui a cuatro patas detrás de ti. Y una vez dentro de tu cuarto cerré la puerta.
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Cornudo de tu jefe (y tu jefa)

Te estaba mirando mientras follabas con él. Detrás de vosotros, sin molestar. Diciéndote que te amo, que estoy loco por ti y que mi amor por ti va más allá de cualquier límite, más allá del bien y del mal. Que soy tuyo de arriba a abajo, por completo y sin que quede ni un solo resquicio en el que tú no reines, mandes y gobiernes.
- Lo sé, cornudo -me has contestado entre los gemidos de placer que te da la polla de tu amante.
-Te quiero, mi vida. Haz conmigo lo que quieras.
- Lo haré, cornudo. Ya lo hago. Lo estoy haciendo. Y lo voy a hacer más.

No lo he entendido bien hasta que ha sonado el teléfono que tienes junto a ti en la cama, lo has cogido has hablado con alguien y has colgado. Me has mirado y me has sonreído.
- Te tomo la palabra, cornudo. Y lo vas a ser completo.

No entendía que querías decir hasta que han llamado a la puerta.
- Ve y abre -me has dicho mientras seguías follando con tu amante.

Y he acudido raudo a la puerta, he abierto y he visto que era tu jefa, la mujer de tu amante; la señora del que te estaba follando. La he llevado a la habitación donde se ha desnudado y se ha puesto a follar con los dos, contigo y con su marido.
- Ahora vas a ser cornudo también de una mujer -me has aclarado. Del marido y de la esposa.


Y lo he sido, porque os habéis puesto a follar mientras yo me acariciaba mi pito, mi pene, porque yo no tengo polla, sino pene, según me recuerdas constantemente.
- Ahora vas a ser cornudo de mi jefe y de mi jefa -me has aclarado
- Gracias -te he dicho.
- Y además, por las tardes vas a ir a su casa a hacerles las tareas domésticas, mientras ellos me follan. ¿Te parece bien?
- Sí, amor mío.

Y eso hice y hago. Porque mientras folláis en casa yo voy a su chalé de las afueras, limpio la casa, lavo la ropa, les preparo la cena y espero a que me llames por teléfono. Ese teléfono que siempre tienes cuando follas y que usas para demostrarme cuánto me amas. 
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La Viagra de mi sumisión como cornudo

Me quitas el cinturón de castidad, me das Viagra y vigilas que me haga efecto. Cuando notas que empieza a ponerse durita (mi pililla, como dices tú), vuelves a ponerme la capucha del cinturón de castidad para que esté enjaulado, para que ese deseo insatisfecho me torture.
- Así desearás sentirte más cornudo –me adviertes.

Y es cierto. Tengo deseo, mucho, pero no puedo satisfacerlo. Me es imposible y entonces me pellizco los pezones para notar algún dolor que me dé sensaciones y ese dolor me excita aún más. Dejo de pellizcarme los pezones, mientras tú me miras y te ríes.  
- ¿Quieres follar? –me preguntas muy ladina.
-  Sí, por favor, te lo suplico.

Y entonces sales y regresas con una vagina de goma de esas que venden en los shepshop. Y me la pasas por la cara. Me había hecho ilusiones de follar contigo, pero hace ya años que no follo contigo. Nunca. Desde que te sugerí que me gustaría verte follar con otro, hacer un trío, todo ha cambiado en nuestra vida. Descubriste mi vena sumisa y me has convertido en tu esclavo.
-  ¿Quieres follar? – me insistes mientras me pellizcas los pezones y notas que se me pone durita por el dolor, por la humillación y por el Viagra.
-  Sí, por favor –te suplico.
-   De acuerdo. Pero entonces tendrás que llamar a mi amate y suplicarle que venga a follarme.

Y digo que sí a cabezazos. No hace falta que hagas todo esto para follar con otro y hacerme cornudo. Tienes libertad para hacerlo cuando quieras, como quieras y donde quieras. Y de hecho lo haces. Pero gozas haciéndome sufrir/gozar. Humillándome. Obligándome a reconocer que soy cornudo y que soy tuyo.
-  Es el placer del poder. Y una vez que lo has probado te vuelves adicta a él -me explicas.
- Lo sé, sé que tiens el coño mojado.
- Cierto. Así que llama a mi macho. Y suplícale.


Y lo he llamado y le he suplicado que venga a follarte, a hacerme cornudo,  mientras tú me azotas el culo y yo muestro la polla (mi pito) a punto de estallar dentro del cinturón de castidad,  tanto por el deseo de la Viagra, como por la excitación de la humillación.  Porque cuando ha venido te ha cogido en volandas y te ha follado sobre la cama, mientras yo miraba la escena excitado, muy excitado, pero sin poder satisfacerme. Por eso cuando él te follaba sentía un extraño placer mezcla de humillación y deseo. 

Pero  cuando estaba a punto de correrse, le has sacado la polla, te has sentado en la cama y has hecho que se corriera sobre tus pechos, sobre esas tetas que jamás he besado ni lamido, porque me lo tienes prohibido. Son un fruto prohibido para ti, me has dicho. Por eso, cuando me has dicho si quería chuparte las tetas, mamar de ellas por primera vez he dicho que sí dando cabezazos. Sí, sí, por favor, te lo suplico.
- Entonces ve. Acércate y mama.

Y me he acercado de rodillas hacia donde estás y he visto que están llenas del semen de tu macho, de su corrida.
- Mama -me has dicho.

Y he pegado mi boca a tus pezones y he mamado.
- No, con la lengua.

Y he limpiado tus tetas de su leche con mi lengua.
- ¿Qué se dice?
- Gracias. 
- ¿Quieres correrte?
- Si, por favor.

Y entonces me has quitado el cinturón de castidad, has cogido la vagina de goma y me la has metido en mi pene. Y has comenzado a moverla hasta que al instante me he corrido.
- Encima de cornudo impotente, eres un eyaculador precoz. ¿Comprendes ahora por qué eres cornudo? -me has dicho, mientras vuelves a la cama para seguir follancon tu verdaderom macho.
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Violación de moteros

No sé como hemos llegado hasta aquí, cariño, pero esto ya no tiene vuelta atrás. Los dos lo sabemos y ninguno de los dos lo quiere. No queremos volver a tras. Los dos lo sabemos desde aquel día en el que viajábamos a casa de unos amigos por una carretera de la sierra y se nos estropeó el coche. Lo aparcaste en un lateral y esperamos a que llegara la grúa, pero antes llegaron cuatro moteros que se ofrecieron a ayudarnos. Aunque la ayuda no fue la que esperábamos porque sacaron las navajas y nos amenazaron con ellas.

Fue entonces cuando a ti te desnudaron, te ataron a un árbol y luego me cogieron a mi para magrearme, tocarme las tetas, meterme la mano en el coño bajo la falda y acariciarme por todo el cuerpo. Te puedes imaginar cómo me sentí manoseada por ocho manos, magreada por cuatro rudos tíos que me trataban como una puta, como una zorra. A una chica educada y fina como yo.

Sentía repugnancia, es cierto. Al principio. Sobre todo al principio, en el primer momento, cuando ya me rompían las ropas con las navajas y dejaban mis tetas, mis muslos y mi coño y culo completamente desnudos.

En ese momento sentí repugnancia, pero algo pasó en mi cerebro que me hizo cambiar de actitud,  porque inexplicablemente comencé a excitarme. Mi coño comenzó a rezumar los jugos de una extraña excitación;  sobre todo cuando te miré, te vi desnudo atado al árbol  y con la polla dura.

Porque inexplicablemente tú tenías la polla dura mientras veías como violaban a tu mujer. E inexplicablemente yo tenía el coño mojado, por lo que ya no recuerdo qué paso, pero al final terminé chupando pollas, follándomelos a todos y dejándome magrear sin oponer ninguna resistencia. Ninguna. Tú lo sabes porque me mirabas con la polla dura.

Y yo ya no daba abasto, me metí las pollas en la boca a pares, gritaba que me follaran, que me follaran las tetas, el culo, el coño y hasta los agujeros de las orejas. Folladme, les suplicaba. No dejéis ningún agujero sin polla, les imploraba, mientras tú mirabas atónico. Pero con la polla durísima, como jamñas te la había visto..

Se corrieron varias veces sobre mis tetas, mi coño, mi cara, mi pelo. Me dejaron hecha polvo, con las ropas rotas y todo el cuerpo lleno de semen, pero inexplicablemente cuando nos rescataron no denunciamos a los moteros.

No sé qué ocurrió, pero no los denunciamos. Es extraño, ahora que lo pienso, pero no lo hicimos. Ninguno de los dos denuncio. Y no sabemos quién de los dos les dio a ellos una tarjeta con nuestro domicilio y nuestro teléfono.

Porque al fin de semana siguiente vinieron al chalé en las afueras en el que vivíamos, llamaron, entraron y se fueron directamente a por mi para volver a tratarte como una puta, como una zorra. Como su puta, como su zorra. A ti ni te ataron.  Se conoce que sabían que no harías nada. Te vistieron de doncella, eso sí, y te obligaron a traerles bebidas, tabaco o condones.  Nos hicieron fotos, ¿te acuerdas?

Y luego a mi  cogieron en volandas y  me metieron mano, rompieron mis  ropas y me follaron y follaron durante toda la coche. Se fueron turnando. Y tú, incluso, querido marido, les chupabas y lamías los huevos. Cuando amaneció estaba tendida en el suelo, llena de semen, con el coño escocido y con una cara pletórica de felicidad. Eso me dijiste. Tú  también estabas cansado: te habías masturbado no sé cuántas veces y te habías corrido otras tantas mirando como me trataban como una puta sumisa completamente entregada.

Desde entonces vienen todos los fines de semana a por mi (a ti ya te dejan aparte) y me llevan a un club de carretera en el que me prostituyen durante todo el fin de semana. Se quedan el dinero, claro, y además me follan. Y cuando regreso a casa el lunes por la mañana llena de semen te lo cuento todo. Con detalle. Qué me han hecho y sobre todo qué he hecho, porque ya sabes  que soy yo la que toma la iniciativa. Últimamente me traen a casa azotada y todo, con el culo lleno de trallazos rojos, pero cuando me  pasas una crema para curame doy gemiditos de placer. Se nota que me gusta. Eso me dices.

Aunque tú también disfrutas, amor, porque  a ti te dejan en casa con   travestí dominante que te usa y folla a sus anchas, mientras a mi te zorrean en el puticlub. Incluso te  llamo y te pregunto cómo tienes la boca de tanto chupar  la del travestí, si te han salido llagas.

Tú me dices que no, pero mientras hablamos el travestí suele azotarte el culo y acariciarte la polla. Te  ha convertido en su puta sumisa. Lo sé por los gemiditos y suspiros que das de placer.

E incluso te  gusta que te ponga peluca, te maquille como una puta y te haga pasar por hembra salida, como zorra. Y además se ríe de tu pene, te  dice que tú  no tienes pene, sino un pito ridículo que no puede satisfacer a una mujer y que por eso  cuando encontré a unos buenos machos me di a lo de puta porque ya no podía más. Eso me dice él cuando me llama para contarme cómo estás. 

Respuesta: Acabo de leer tu correo electrónico, mi querida esposa, pero tengo que dejarte porque   se me cae la peluca al escribirte este correo en el ordenador. Y el travestí acaba de llegar de la cocina y me quiere meter la polla en la boca. Dice que mientras se la chupo me va a contar lo que te están haciendo a ti en el puticlub, como te chulean, como te zorrean y te tratan como una puta zorra y perra guarra, que es lo que se supone que eres. Y yo digo que sí, y le chupo la polla procurando que no se me caiga la peluca tan mona que me ha puesto.

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Haces que se corra sobre nuestro anillo de boda

No es nada, de verdad. No te lo tomes a mal, amor mío. Sólo quiero hacerte ver que a él  lo masturbas hasta con las tetas y dejas que se corra sobre ellas, que es algo que a mi jamás me has permitido. Ni borracha, me dijiste una vez, de novios, cuando te lo propuse por primera vez.  Y es que has cambiado mucho. Ahora dejas que él te ponga el brazo en el cuello, para aprisionarte y hacerte más suya, mientras tú gimes, suspiras y dices sí, por favor. Más fuerte, más fuerte que me corro.

Eso oigo mientras estoy de rodillas junto a la cama y te beso la mano, si puedo, porque generalmente la tienes sobre su nuca para acercarlo a ti, a tu cara, y beberte sus morros, morrearte con él como una colegiala, como jamás has hecho conmigo que sólo he recibido besitos tuyos desde que éramos novios.

A él se lo permites todo, incluso que se corra sobre tu anillo de casada, sobre nuestro anillo de boda. Y no porque él te lo pida, sino para complacerte a ti porque eres tú la que se lo pides para humillarme, para hacerme ver que sólo soy un cornudo sumiso que te lo consiente todo. Incluso que me humilles de esta forma desde que descubriste que la única forma de que me excitara, de que se me pusiera dura, era contándome lo que habías hecho con tus anteriores novios. Y lo hiciste, me contestaste como te habían follado  y a mi se me ponía entonces dura. Luego dejaste de contarme como te habías follado a tus novios anteriores y pasaste directamente a contarme como te follabas a tus nuevos amantes. 


No hubo transición. Un día que estábamos en la cama y te dije que me contaras lo de tus anteriores novios, para excitarme, me contaste que tenías mejor información, mejor material, más reciente, porque esa misma tarde te habías follado a un compañero de oficina.
- ¿Quieres que te lo cuente?

No dije nada. Sentí unos celos tremendos, un extraño dolor en algún recóndito lugar de mi cerebro, y me levante de la cama y me fui al salón. Y allí estuve pensando un rato, hasta que de pronto, sin darme cuenta, me levante y volví a la habitación.
- Sí cuéntamelo –te dije ansioso.
- Pídemelo de rodillas.


Y me puse de rodillas.
-  Cuéntamelo, por favor.
-  Suplícamelo.
-  Te lo suplico
-  Suplícame que te cuente cómo te he hecho cornudo
-  Te lo suplico, por favor, cuéntame como me has hecho cornudo.

Y me lo contaste. Desde entonces no has dejado de contarme nada. Aunque tampoco hace falta que me lo cuentes porque lo veo en directo ya que te traes a casa a los amantes de confianza, a los fijos. Con los que lo haces todo. Sin miedo, sin reparos. Incluso todo aquello que nunca has hecho conmigo. Sobre todo lo que nos has hecho nunca. Porque te gusta humillarme. Te gusta mucho porque sabes que a mi me gusta. Somos tal para cual. 

Y por eso me tienes desnudo siempre antes tus amantes, antes de follártelos, para que me sienta más sumiso, más esclavo y más cornudo. Estáis los dos vestidos metiéndoos mano en el sofá y yo desnudo mirando cómo os magreáis como dos adolescentes. Y observando  como me haces cornudo, suponiendo que no os tenga que traer las bebidas o ir a la habitación a por la foto de nuestra boda para ponerla junto a la mesita del sofá y que puedas mirarla mientras me haces cornudo.
Eres tremenda y por eso te amo.

Te amo mucho y sé que tú también me amas porque  cuando vas a follar con tu amante me atas las manos a una argolla del techo que pusiste junto a la cama, me das Viagra y me pones el cinturón de castidad para que vea excitado como me haces cornudo. Para que esté  muy excitado, pero no pueda ni tocarme para satisfacer ese deseo. Me torturas con el deseo que produce la Viagra que se acrecienta al verte follar con otro. De hecho ya no puedo gozar como cualquier otro hombre y para hacerlo necesito la humillación, verte follar con  otro y sentirme cornudo y apaleado.

Y por eso, cuando te corres al follártelo, te acuerdas siempre de mi y te levantas de la cama para ponerte detrás de mí, quitarme  el cinturón de castidad y azotarme el culo mientras me llamas cornudo, delante de tu macho. Y no paras hasta que  consigues que me corra sólo con los azotes y la humillación. Sin tocarme. No es un orgasmo con expulsión de semen, sino un orgasmo continuo pero flojito, que no permite salir al semen por lo que sigo excitado y anhelando ser de nuevo humillado. Y por eso me vuelves a poner el cinturón de castidad, me das otra pastilla de Viagra y vuelves a la cama para seguir follando con tu amante.
- ¿Qué se dice?¿ -me preguntas mientras cabalgas sobre tu macho y tus tetas saltan arriba y abajo.
-  Gracias, amor mío, por hacerme cornudo. 
- Y apaleado -me respondes entre gemidos.
- Y apaleado, amor m´ñio. Cornudo y apaleado. 
- Y feliz, muy feliz -me contestas justo antes de correrte otra vez,  con la polla de tu macho.
 
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Cornudo en todos los sitios

Te escribo este correo mi querido cornudo, para ponerte al tanto del resultado de nuestro viaje; de las vacaciones que me estoy tomando con mi amante, con Abel, con el fin de que sepas con detalle qué estamos haciendo, cómo y dónde. No quiero que te pierdas nada porque ya sabes que me excita muchísimo que vivas tus cuernos, que los sientas y los disfrutes.

Espero que en este momento y mientras lees este email, no te estés tocando la pilila, cariño; ese pequeño pene que tienes porque ya sabes que no quiero que tengas placer sin mi permiso y además no creo que puedas con el cinturón de castidad que te dejamos puesto y cuya llave cuelga de la cadena de  mi cuello o de la de mi tobillo, según el lugar al que vayamos.

Te informo de que hemos follado (y has sido cornudo), en su oficina, cuando fui a recogerlo para ir al aeropuerto. No lo pudimos remediar y me folló allí mismo, sobre la mesa de su despacho. Un lugar que, por otra parte, ya conoces porque sabes que solemos follar en esa mesa muy a menudo pues es la suya, la del socio de tu negocio, la del macho que tengo por amante que ya sabes que es muy hombre.

Para los negocios y para follar. Tú eres más de cariños tiernos y papeleos de oficina, pero es él el que negocia, gobierna y rige vuestra compañía, aunque sea de los dos. Como es natural dirige tu oficina y a tu mujer,  pues ya sabes que me folla en el despacho adjunto al tuyo. Aunque eso ya lo sabes, mi querido cornudo,  porque cuando vamos a hacerlo te llamamos para que mires de rodillas.

Así que te informo de que follamos también en el coche que nos llevaba al aeropuerto. No lo pudimos evitar. Mientras conducía me tocaba los muslos, me metió los dedos entre la braga, me mojó al instante y tuvo que parar el coche porque me lo comía a besos y nos íbamos a matar. Paro en un arcén y follamos allí mismo, sin condón ni nada, como solemos hacer. 

Follamos también en el avión. No lo pudimos evitar y como viajábamos a un país lejano era difícil que alguien nos conociera. Como puedes ver por la foto no pude resistirme cuando me metió mano, me tocó las tetas, me sobó, me acarició e hizo que me mojara sin parar.

Puede conmigo. Es superior a mis fuerzas. A veces sólo me mira y mojo el coño, como ya sabes. Me puede. Soy suya, me usa como quiere cuando quiera y donde quiere y siempre sigo sí. Mi coño siempre dice sí. No lo puedo evitar. Mi coño es suyo y él lo sabe. Y tú lo sabes. Los dos lo sabemos y afortunadamente lo hemos aceptado con gusto y placer. Somos suyos. Es muy hombre, muy macho.

Me folló también en el taxi que nos llevaba del aeropuerto al hotel. Tampoco lo pude evitar. Y no nos importó que el taxista nos mirara. No hubo penetración, pero me morreo, magreo y uso a su capricho. Nos pusimos como una moto y pruba de ello es que el taxista dio varias vueltas por la ciudad y no nos cobró la carrera.


Follamos también en el baño del hotel. Fue irresistible. Como siempre. Fue verlo desnudo, con su enorme polla, pensé en la tuya, en tu ridículo pito que no puede penetrarme bien y  mojé el coño.

Esta vez si hubo penetración. Me lo follé bien follado, como sabe hacer una hembra como yo cuando dispone de un macho de verdad. Me lo folle a conciencia, saboreando su polla con mi coño, apretándola y apretándola, para que se pusiera más dura y me follara mejor.

Te eché de menos, la verdad. Eché de menos que pusieras su polla en mi coño, como sueles hacer y que luego me beses la mano mientras él me folla y me dices que me amas. Porque sé que me amas. Mucho. Más que a nada del mundo. Y por eso me consientes.

Y finalmente me folló en el hueco de una ventana de un edificio que estábamos visitando en la ruta turística. Vio el hueco, se sentó, dejó que pasaran los demás turistas, me hizo gestos para que me sentara a su lado, me metió mano bajo la minifalda, toco  mi braga ya mojada, metió dos deditos en mi coño y zas, le llené la mano de mis jugos.

Y nos  desnudamos a prisa y me folló. Me folló con ímpetu, con ansia, como si el mundo se fuera a acabar y nos fuera la vida en ello. Me folló sin condón, como siempre y no sé qué será del mundo, pero a lo mejor aumentamos la población con un niño porque ya sabes que siempre he querido tener un hijo suyo y él se ha negado. Pero ahora parece que no le importa por lo que es probable que pronto seamos papas.

Enhorabuena, mi querido cornudo. Ya te seguiré contando de nuestras andanzas y de tus cuernos.

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Megan Jones me hace cornudo feliz

La conocí en el club de alterne. Se hacía llamar Megan Jones y era de nacionalidad cubano-americana. Era alta, morena, con un cuerpazo de ensueño y unos muslazos rotundos que la hacían aún más bella, más rotunda, más Diosa. Me enamoré de ella nada más verla. Siempre me han atraído las mujeres robustas, altas, con unos poderosos muslos y unos fuertes brazos. Me imaginaba que con ellos me abofeteaba y me corría. Era una jaca en todo el amplio sentido de la palabra. Un monumento.

Y como es natural, todos iban en el club detrás de ella, todos querían follarla y guardaban cola para hacerlo. Y era la chica más cara y los llevaba a todos locos. A mi también. Le había propuesto que folláramos pero se negaba. Conmigo se negaba y no quería. Hablé con su jefa y me dijo que ella se podía permitir el lujo de ir por libre y rechazar clientes, porque siempre había alguno dispuesto. Que ella podía hacer lo que quisiera y sólo follaba con los tíos que le gustaban.

Supuse que yo no le gustaba y no volví a preguntarle más.
- ¿No quieres saber por qué no follo contigo? -me preguntó un día que estábamos casi solos.
- Sí, claro, pero supongo que es porque no te gusto.
- No, es porque en ti he visto algo especial, lo veo en tus ojos. Tú me amas, mientras que los demás sólo quieren mi cuerpo, follar conmigo.

Y me alegré por aquella distinción que hacía conmigo, pero ella me aclaró que precisamente porque la amaba no podía follar conmigo, que lo sentía, pero que no podía.
- Cásate contigo, entonces -le dije casi sin darme cuenta.
- Ojalá. Eres un chico tierno y romántico. Contigo tendría el cariño que con los demás no tengo, pero es que no puedo. Me gusta ser puta, follar, volver locos a los tíos. Disfruto como una perra follando con ellos, gano un dineral y no pienso dejarlo.
- No me importa -le dije.
- ¿No te importa ser cornudo?
- No, no me importa. Te amo tanto que podré soportarlo.

Y nos casamos. La noche de bodas no pude follar con ella. Estaba tan nervioso, su cuerpo era tan espectacular que no se me puso dura. No estoy mal dotado, pero no pude. Sospechaba que debido a su corpulencia y su tamaño (un poco más alta que yo), tendría también un gran coño y allí resbalaría. Supuse que necesitaría pollas enormes para poder sentir algo. Y así fue. Ella se dio cuenta y me dijo que con mi polla no podía sentir placer. Llamó a un compañero de trabajo que era negro y lo puso a mi lado.
- No hay color -me aclaró-. Lo suyo es polla y lo tuyo un pito.

Y lo cogió y se puso a follar con él delante de mi. No me extrañó. Sabía que era puta y que lo iba a seguir siendo, pese a estar casada conmigo. Ella ganaba incluso muchísimo más dinero del que yo podía ganar. Lo que sí me extrañó es que a mi se me puso muy dura al verla follar con aquella polla.

Al ver como le ofrecía el coño a su amante delante de mi y haciéndome cornudo desde el primer día. Y no sólo aquel día. Ella siguió follando con los clientes que le gustaban mientras yo cuidaba el chalet que se había comprado en las afueras. Dejé el trabajo y me fui a vivir con ella.

Me encargué de las labores domésticas, de cuidarla, mimarla y  prepararle todo lo que necesitaba para follar con otros. Le lavaba a mano las braguitas, le cuidaba la ropa, y la bañaba y vestía para ir a trabajar.

Hasta que un día me dijo que se independizaba, que había conocido a clientes que querían retirarla sólo para ellos. Eran sólo tres que tenían mucho dinero, estaban casados y eran discretos. Uno le pagaría además la hipoteca del chalé, otro la contrataría de secretaria, con un buen sueldazo, aunque ella no tendría que ir a trabajar. Y el otro le pagó la hipoteca de un piso en la ciudad.

Además ella les cobraba 1000 euros por noche  con la única condición de que estuviera siempre disponible para ellos. Y que yo estuviera presente mientras la follaban porque les daba morbo ponerme los cuernos. Eso los excitaba. Y ella aceptó. Ni lo consultó conmigo. Sabía que la amaba tanto que no diría nada y lo aceptaría con placer. Incluso puso una foto de nuestra boda en la mesilla en la que follaba con ellos para que la vieran y se excitaran más. También se solían correr sobre su anillo de casada.

Yo no he follado aún con ella. Sólo me deja lamerle el coño antes de follar con ellos, para excitarla y que se los folle mejor. O después de haber follado para limpiarla y excvitarla de nuevo para ellos. Y sólo lo puedo hacer cuando ellos están delante. El culo sí se lo puedo lamer siempre que quiera, pero el coño sólo en esos momentos con sus amantes. Son sus caprichos y los aceptó porque soy feliz y la amo.  Ella me consuela con que es una Diosa para mi y que   una Diosa  no folla con esclavos.

- Si te dejo follar conmigo me haría humana, sería una más para ti y dejarías de amarme como me amas -me aclaró un día que insistí.

Y no he follado con ella, pero la sigo amando pese a que me hace muy cornudo.
- Si no te hiciera cornudo no me amarías, cariño. Lo sabes. Es tu forma de amar.

Y era cierto. O eso creo. Porque la amo, desde luego. Más que a mi vida.
Y mi placer es ver que ella lo tiene. Sólo eso. Verla a ella feliz y gozando como una loca. Ese es mi destino. Y mi felicidad: vivir del placer de ella.
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Dije que sí y ahora soy cornudo consentido y feliz


No es sólo que folles con otro, amor mío. Es que eres tú la que te lo follas, la que se sube encima de él y lo devora. Te lo comes con tu coño, con tu culo, con tu boca y hasta con tus tetas porque hasta te lo follas a la cubana apretando su polla con tus tetas. Sé que es así, que tiene que se así y que soy yo el que ha provocado todo esto, pero no sabía que llevaras dentro esa mujer tan pasional que ahora asoma.

Porque desde que te propuse hacer un trío aquella noche y tú te enfadaste, todo ha cambiado. Entonces te enfadaste conmigo, dijiste que tú no eras una puta y que no pensabas follar con otros.  Además creías que era una trampa y que si decías que sí, si aceptabas, yo podría acusarte de querer ponerme los cuernos. Y sabes que no era eso. 

Deseaba de verdad verte con otro. Lo había fantaseado a escondidas masturbándome, hasta el día que por fin me atreví  y te lo propuse. Pero tú te diste la vuelta en la cama muy enfadada y estuviste dos días sin hablarme.


Pero yo insistía, ¿te acuerdas?. Te insistía una y otra vez hasta que por fin accediste y dijiste que si. Pero con condiciones. ¿Condiciones? Sí, con condiciones. Eso me dijiste.  Y la condición era que serías tú  la que elegirías al macho. Y dije que sí. Y que además, si te gustaba, volverías a repetir con él siempre que quisieras. Y dije que sí. Y que podría llegar a ser tu amante fijo. Y dije que sí. Dije que sí a todo. No me importaba con tal de que accedieras a acostarte con otro delante de mi. Pero también comentaste que yo no podría participar, sólo mirar. Y dije que sí. 

Y así fue. Al día siguiente me informaste de que habías elegido al vecino: un joven cachas, tío bueno y muy guapo que tenía un gimnasio en los bajos del edificio. Me habías comentado alguna vez que las mujeres se lo rifaban e iban a su gimnasio a ligárselo, pero que él no les hacía mucho caso. Yo supuse que sería gay, pero cuando me dijiste que era él me convencí de que no lo era. Y dije que sí.

Vino a casa, lo recibiste en la puerta con un fuerte morreo en los labios y te lo llevaste al sofá para desnudarlo y follártelo. Porque te lo follaste tú. Me sorprendió que fueras tan efusiva, tan apasionada porque conmigo nunca lo habías sido.
- Es que tú pito ridículo  no me daba placer –me aclaraste luego cuando te lo pregunté.

Y te lo follaste tú con pasión, frenesí y devoción. Porque era devoción cuando le cogías la polla, lo mirabas a los ojos y se la chupabas con delectación. Porque era devoción cuando lo cogías de la mano, te lo llevabas a la ducha y le cogías la polla para ponerla en tu coño y que te follara, mientras yo miraba.
- Limpia la ducha y el suelo –me decías cuando se había corrido en tu coño.

Y yo te obedecía porque desde aquellos primeros cuernos tú ya no eras la misma.  El joven vecino venía a casa todas las noches a dormir contigo, a follar contigo, mientras yo lo hacia en una butaca si quería verte follar con él en el sofá, si estaba muy cansado. O en la alfombra, como hago últimamente,  porque dices que quieres tenerme a mano por si me necesitas. Habías cambiado. 

Me decías que ya que había otro hombre en la casa  yo tendría que ser el segundo y por tanto me correspondía a mi hacer las labores domésticas ya que tú estabas muy cansada de tanto follar con él. Así que yo  venía pronto del trabajo y las hacía, mientras tú te preparabas y te ponías guapa para recibirlo.  Y te lo follabas sin condón ni nada. A pelo, porque me confesaste que habías dejado de utilizar el DIU, los anticonceptivos y no querías que él te follara con condón porque querías sentir bien su polla en tu coño.
- No quiero nada que se interponga entre su hermosa polla y mi coño. Y además, como tú ya no me follas, ni lo volverás a hacer porque tu pito no me da placer, no hay problema.

Así que poco a poco él se fue apoderando dela casa, ocupando el lugar de macho que yo había dejado y tú seguías disfutando de él a tus anchas. Incluso me obligabas a ir a su gimnasio a hacer la limpieza mientras tú te lo follabas. Y últimamente me obligas a chuparle los huevos mientras te folla para excitarlo y que te folle mejor. Y también me obligas a llevar bragas para que él, al verme, se sienta más macho, más hombre, vea que en la casa no hay competencia y te folle mejor.

Y así estamos desde entonces. Pero  ayer, de pronto,  me dijiste que eras muy feliz. No venía cuento, pero me lo dijiste.
- ¿Tú eres feliz cornudo?
- Sí, mi amor.
- ¿Es esto lo que querías?
-  Sí, mi vida.
-  Pues me lo podías haber dicho antes.
-  ¿Antes?
-  Sí, antes. Mucho antes, porque él hace ya cinco años que es mi amante. Follábamos cuando tú estabas en la oficina y por eso cuando me propusiste que follara con otro, me enfadé y me negué en un principio, pero en el fondo di saltos de alegría.
- No lo sabía.
- Yo sí lo sabía, porque te había visto navegando en Internet por páginas de cornudos y sabía que tenías esa fantasía. Sólo era cuestión de tiempo que me lo pidieras.
- No sé qué decir.
- Sólo dime si eres feliz.

- Sí, lo soy.
- Lo sabía, querido cornudo. Lo sabía.
- Sólo me preocupa que no tomes precauciones para no quedarte embarazada.
- Lo sé, mi querido cornudo. Pero son los riesgos de querer ser cornudo. Y él es un hombre de verdad, un macho, un tío del que una quiere siempre quedarse preñada y tener un hijo. Es la naturaleza humana, ley de vida. 
- ¿Lo comprendes?

 - 
-  ¿Aceptas el riesgo?
-  Sí.
-  Le pondrás tu apellido si llega el caso.
-  Sí, lo haré.
-  Gracias, cornudo. Eres un cielo. Y ahora báñame, vísteme y maquíllame que viene mi hombre a follar y hacerte cornudo. A hacerte feliz.
-  De acuerdo.
-  ¿Qué se dice?
-  Gracias.
-  ¿Gracias por qué?
-  Gracias por hacerme cornudo.
-   Muy bien, pero esta noche quiero que te arrodilles delante de él, le chupes la polla, le lamas los huevos y le des las gracias por hacerte cornudo. ¿Lo harás?
-   Sí, lo haré
-   Entonces prepárame y ponme guapa para él.

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